El fin de semana, esperé horas por el llamado de la noche. Habíamos acordado salir con un grupo de amigos pero el que motivó nuestras ganas nocturnas nunca se dio señales de vida. Cerca a las 10pm, la batiseñal se presentó en la forma de la voz de mi ex-cuña.
-¡¿Cuña, qué vamos a hacer esta noche?!
Para que no nos dejen tirando cintura, armamos nuestro propio plan.
Salí con los que quedaron de mi grupo de juerga de hace tres años. Recorrimos un par de bares consumiendo para ver el ambiente pero sin mayor éxito. Al final, a eso de la 1am, llegamos al bar donde me llevaron mi primer fin de semana en Lima. Histoire de garder des mauvaises habitudes.
Me crucé con toda esa gente que, después de tantos años, sigue en la misma nota. En el bar, entre cocktails y makis, me enteré de las últimas historias que circulaban el ambiente nocturno de la ciudad de los reyes.
Una de ellas es la complicada historia entre Eduardo y Lucrecia. En una época, ellos tuvieron sus cosas. La relación no era una historia de amor, sino de favores sexuales correspondidos. Du fun, quoi!
Al cabo de un corto tiempo, Eduardo quiso tener algo más serio con Lucrecia, a lo que la señorita respondió terminando la relación que nunca tuvieron. La reacción de Eduardo fue tomar el papel de acosador siguiendo a Lucrecia por todos sitios y tratando de ingresar a su grupo de amigos para estar cerca de ella.
Por lo poco que hablé con Lucrecia esa noche, puedo deducir que es una chica de buena familia, de gustos extravagantes y de costumbres que pueden parecer raras en un principio pero que luego se vuelven parte de su personalidad, como su humor negro.
Por lo que me dijeron, Eduardo también estaba en el bar esa noche. Trataba de acercarse a Lucrecia pero ella estaba demasiado ocupada viendo sus próximas víctimas sexuales.
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