Un par de semanas atrás, recibí un mensaje en el Facebook. Una amiga necesitaba con urgencia un intérprete de campo por 10 días para un grupo de franceses que iba a una mina a realizar un proyecto aún desconocido para ella.
–Nada muy técnico –me aseguró por celular al pedirle más detalles–. De todas formas, tú sabes que siempre se puede meter floró en las interpretaciones de acompañamiento.
Finalmente y después de realizar algunos arreglos con mi coordinadora de la universidad, acepté su propuesta.
Es así como llegué a "4 Horas", un pueblo MUY humilde entre Chala y Arequipa de unos 350 habitantes que vive de la actividad minera de una compañía formada por antiguos mineros informales que ahora operan con todas las de la ley y que intentan sacar adelante a su gente por medio de la minería artesanal y el comercio justo.
–Vas a ver algo que nunca has visto en tu vida –me dijo la gentil dama de la ONG que ayudaba a Cédric y Sébastien, dos franceses que recorrían el mundo realizando documentales sobre mineros artesanales–. Es gente muy guerrera y con muchas ganas de salir adelante.
La consideré como una oportunidad interesante ya que nunca había realizado una interpretación de campo. Emocionado, me imaginé las diferentes situaciones que iba a vivir durante los 10 días en la mina.
Tenía ya seleccionados mis atuendos profesionales sobre la cama para meterlos en la maleta cuando el presidente de la ONG me dijo por teléfono que llevara "ropa guerrera". Nada de camisas ni zapatos, sólo ropa cómoda.
En mis cursos de interpretación en la universidad y en la poca teoría de la interpretación que pudo caer en mis manos, nunca encontré ninguna referencia a lo que uno se podía encontrar en las interpretaciones de campo. Lo único que sabía cuando uno tenía que viajar por una interpretación de compañía, era que todos los gastos estaban pagados.
Al ver a lo lejos ese pueblito después de casi 10 horas de viaje en medio del desierto, me di cuenta que esta REALMENTE sería toda una nueva experiencia para mi.
Dormir en una cama del único hotel improvisado del pueblo, cepillarse los dientes con agua embotellada por miedo a intoxicarse con el agua comprada en bidón por la ausencia de agua potable en el valle minero y rehusar a bañarse con agua fría proveniente de un recipiente (¡un balde!) sucio nunca formaron parte de las experiencias que los intérpretes considerasen como "parte del trabajo".
Interpretar en consecutiva en una mina con un casco azul, una lámpara frontal y mi fiel libreta de notas, todo cubierto de polvo, hacer una simultánea detrás de mi cliente en una camioneta camino a una planta de pulverización sobre un camino de trocha e interpretar en enlace en la casita de un minero informal rodeado de gallinas bulliciosas nunca formaron parte de la idea que tenía sobre las interpretaciones de campo donde el intérprete se hospeda en el mismo hotel que su cliente –que es, generalmente, uno de los mejores de la zona–, va a lujosos restaurantes y degusta exóticas comidas antes o después –para facilitar la interpretación, bien sûr– de almuerzos o cenas de negocios, aburridas –pero estresantes– mesas de negocios, auditorios llenos de gente y cabinas repletas de glosarios.
El reportaje de los dos franceses me parece –aunque un intérprete no debe dar su opinión sobre el trabajo de su cliente– bastante interesante: un seguimiento de la vida diaria de una familia de mineros informales que dejaron su tierra en búsqueda de un mejor futuro económico y social.
Ahora, ya en mi casa de distrito d'un milieu aisé de la capital peruana, me encuentro frente a la computadora, con una pila de exámenes parciales por corregir pero contento de haber pasado 10 días interpretando en condiciones muy diferentes a las clásicas.