Friday, January 14, 2011

Hublot

Llevaba tiempo esperando ese momento. Se puso de pie en esa gran sala como decenas de personas al escuchar el llamado de su grupo por los altavoces. Lo peor ya había pasado. La revisión y la sacada de zapatos y correa obligatorias. El tedioso control de papeles.

Sonrió al entregar su tarjeta de abordaje junto con su pasaporte antes de caminar por ese largo corredor. Un par de personas se le adelantaron como si escapasen de algo detrás de él o como si les fuesen a dar un premio si llegaban antes que él.
–¿Por qué tanto apuro? –se quejó una señora detrás de él quien sonrió interiormente con empatía.

Pasó la puerta del avión y le dió su boarding pass a la señorita que lo esperaba.
–Bonjour.
–Bonjour, monsieur. À droite, s'il vous plaît.
–Merci.–terminó el protocolo con una sonrisa.

Ese día, el viajero se sentía tranquilo, casi feliz. No sólo por el hecho de cruzar el atlántico una vez más sino por todo lo que significaba estar sentado 16 bellas horas sin ser molestado.
Caminó por ese estrecho corredor con cuidado de no golpear a nadie con su maletín. Encontró su asiento, perfecto, justo antes del ala del avión.

Se sentó y fijó la mirada en la ventana ignorando la gente envuelta en esa especie de batalla territorial de colocar su equipaje de mano en el lugar que cada uno creía que le correspondía.
En parte, pidió sentarse junto a la ventana por una cuestión de luz natural pero también para tener una escapatoria visual de la multitud que lo rodeaba. Nadie lo incomodaría para ir al baño o cuando paseasen por el pasillo para estirar las piernas. Las ventajas de viajar con sólo lo necesario bajo el asiento delantero.

A manera de prevención, se puso el cinturón de seguridad. Se colocó los audífonos en las orejas sin prender su ipod para así tener la excusa de no responder por no escuchar las preguntas. Sacó un grueso libro de pasta oscura que apenas había comenzado y empezó a leer. Actividad que siempre le habían reprochado culpándola de la razón de su antisocibilidad y timidez. La verdad era que si no se relacionaba bien con las personas no era por timidez ni por amor a la soledad, sino por un cierto repudio por el género humano.

El avión comenzó a moverse. El viajero cerró el libro. Se sacó los audífonos. Recostó su cabeza en el asiento. Cerró los ojos ignorando las indicaciones de la tripulación e inhaló profundamente como gozando del simple momento.
Esbozó una sonrisa cuando el avión comenzó su pesado ascenso.

Bon voyage.

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