Wednesday, May 4, 2011

El profesor que soñaba con matar a sus alumnos

No, esta no es una confesión.
No, no esta no es una incitación a una Columbine perucha.
y no, como muchas cosas que escribo en este blog, no quiero que se lo tomen en serio.

Hace como un año empecé mi faceta de docente en la universidad. Empecé reemplazando a una colega -quien también fue mi compañera de clases- en uno de sus cursos. Como al parecer mi trabajo no fue tan malo, me propusieron quedarme a dictar otros cursos. Así lo hice y así lo he venido haciendo por un poco más de un año.

En los pocos ciclos que he enseñado me he encontrado con chicas y chicas de todo tipo, con distintos niveles de lo que se conoce en la profesión como el famoso "talento traductor". Confieso que comencé con todas las ganas de dar lo mejor de mi, de motivar a los alumnos y de ser principalmente el profesor que me hubiese gustado tener. Aunque sigo con las ganas de dar lo mejor de mi en clase, conforme pasaron las semanas y los meses de clases, fui aceptando la realidad universitaria que antes ignoraba pero que estaba presente desde mucho antes de mi época estudiantil: hay muy pocos alumnos buenos y muchos regulares y malos.

Pero el nivel personal de los alumnos no es lo que me molesta.
Me siento útil al poder quitarle la duda sobre un texto o darle una buena frase para que mi futuro colega pueda terminar su versión. El problema es otro.
Al enseñar en lo últimos ciclos de la carrera, me he dado cuenta de que muchos de los futuros traductores del Perú aún piensan como que están en el colegio. Se les tiene que perseguir por una tarea, casi rogarles para que presenten trabajos y sobre todo, amenazarlos con jalarlos de ciclo cuando no cumplen con lo que supuestamente debe hacer todo estudiante universitario: esforzarse por aprender.

Cuando yo estaba ne la universidad muchos de mis compañeros no eramos así. Admito que nunca fui ni me cayeron bien los chancones -aunque entiendo perfectamente la adoración que pueden llegar a tener unos colegas hacia sus alumnos "seriesitos" cuando levantan la mano para aportar algo a la clase-. Yo siempre tonteaba en clase pero, cuando era hora de trabajar, lo hacía simplemente porque me gustaba traducir.

Recuerdo mucho a aquella que me inspiró en mi vida profesional. Con sus duras críticas y ácidos comentarios me hizo crecer rápido al bajarme de las nubes donde me había llevado mi egocentrismo. "Eso no es profesional" decía cada vez que cuestionaba alguna de mis actitudes de rebelde juventud. Yo reía pero internamente reflexionaba sobre la relación de amor-odio que creía tener con mi mentora. Con su ejemplo, ella me mostraba lo que se tenía que hacer y cómo se debía comportar uno en el ámbito profesional. Recuerdo esas amanecidas buscando términos y puliendo mi versión hasta el más mínimo detalle para conseguir su aprobación o simpatía. Recuerdo la admiración que pude llegar a sentir por ella.

Cecilia ahora se encuentra en China y yo la recuerdo a la distancia como el adulto que recuerda con ternura aquella maestra de kindergarten a quien siempre se le llevaban obsequios.

Dicen que vendrá el próximo ciclo, sólo espero estar a la altura de mi profesora.

Quizá se sienta orgullosa de mi. O todo lo contrario.

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